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Desfile del 12-O: «¿Quién me presta una escalera?»

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Poco antes de que den las 10, Sor Ángela de la Cruz es una mezcla de esperanza y silencio. Corre un cierto aire, de fondo algún clarín que templa y se templa mientras hay quien corre, quien camina despacio por no perderse un desfile, todo lo jibarizado que se quiera, con el que Madrid y el país entero vuelve a la normalidad educada de las multitudes.

El pinar que hay en la Plaza de Cuzco lleva colgando un espumillón navideño que, a simple vista, no parece nada castrense, sino más bien un adelanto de las Fiestas. Da lo mismo, porque los más madrugadores no echan cuentas de minucias municipales y van Castellana arriba a por la foto con el carnero de la Legión, por el San Bernardo de los soldados del Mando de tropa de Montaña. Conforme avance el desfile se conocerá que el carnero se llama Puzzle y el San Bernardo, Kiara; el dato es el dato, y uno y otro, cáprido y perro, han soportado con moral castrense el acoso de niños y fotografías.

El desfile del 12 de Octubre conviene cogerlo de atrás a adelante. Así se registran chasquidos de fusiles contra el suelo, y besos a la novia que siendo puente anda por Madrid, o puede que sea madrileña y el novio ‘lejía’ de Melilla tenga la fortuna de desfilar y de ronearla.

Mientras sucede el romance legionario, Belén va a paso ligero junto a su padre, que no lleva mangas en el chaleco pero sí la bandera reglamentaria. Un banderita con el pliegue perfecto y el olor a estampado reciente. Ambos confirman la ilusión por volver a poder homenajear de viva voz a las Fuerzas Armadas mientras buscan hueco.

El falso túnel de Plaza de Castilla, el monumento a Calvo Sotelo… Todo luce distinto. En El Balandro se van tomando los cafés espabiladores los soldados más rezagados. La Policía Nacional, que hace nada dejaba que los niños acariciasen el morro al caballito, ahora refrenan el ardor guerrero del público. Alejandro Caro viene de Illescas, y confiesa que sí, que es su primera vez y que el día le recuerda al Corpus de Toledo. A su vera, con todo el merchandising legionario que uno se pueda imaginar, Manolo Bustillo, jerezano con más de sesenta años de residente en La Villa y Corte, se queja de que a raíz de la situación sanitaria el desfile sea sensiblemente más ligero que otros años. «Algo es algo», le consuela su compañero, ataviado también con un chapiri añoso. Un vendedor de banderas, que quiere pasar a la posteridad así, como un anónimo «que vende banderas», vocea su mercancía a tres euros la unidad. La Castellana se trufa de escaleras de bricolaje para una mejor visión, y por ver el jardín humano, el cronista pierde perspectiva de un desfile que sabe de memoria.

Hay aplausos sinceros a los vehículos de la UME, que el público sabe del esfuerzo de esta unidad creada por Zapatero en la lucha contra el fuego y los elementos. Al fondo, en los bloques de La Castellana, las terrazas son un rosario de descamisados que casi le huelen el combustible al celebrado vuelo de la Patrulla Águila. Mientras, más y más escaleras van tomando una segunda y hasta una tercera fila. Antes se ha escuchado el sólo de clarín en homenaje a los caídos por España, y volvió el silencio y volvió el aplauso.

En el zoo humano que habíamos perdido, en lo de que Madrid salga a la calle, aparece Luis Miguel, vestido como vestiría un soldado allá por África, por 1921 y cuando la carnicería de Annual. Luis Miguel se customiza conforme y según toque el día: como uno de los últimos de Filipinas o combatiente de la Guerra de Cuba. A su indumentaria no le falta detalle; de la cantimplora de metal a la bota de vino. Enhiesto, comenta al viandante lo que pasó muy cerca de Melilla hace justo un siglo.

El
abucheo directo a Pedro Sánchez
no llega a estas alturas. Sin embargo, aparece en las conversaciones íntimas que hay entre el paso de una bandera o de un tabor regular. El sol aprieta y los niños se quitan la rebequita. Entre los aviones y los soldados saludadores, los críos han pasado una buena mañana de festivo.

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