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Efectos secundarios de la vacuna

Los discursos de odio son como el ruido de los extractores de cocina: uno solo comprende lo mucho que le estaban crispando hasta que se apagan un rato y se recupera la paz. La semana pasada me llegó al WhatsApp una foto de una puerta. Para cualquier otra persona esa puerta no significaría nada pero yo la reconocí inmediatamente. Cuando era una adolescente salí por ella cientos de veces con la cabeza medio mojada, los oídos taponados y el rostro ablandado. Era de noche y mientras fuera en las calles el líquido de las tuberías se convertía en estalactitas, tras aquel quicio había un recinto construido por el estado de bienestar donde el agua pasaba a ser vapor. En medio de unas heladas criminales, una bañera gigante llena de agua caliente nos brindaba a los niños la inaudita oportunidad de hacer largos en una época del año en la que hasta entonces solo era posible nadar en sueños. Qué bien estábamos. En las invernales tardes de sábado de una ciudad de pasado industrial y temperaturas gélidas la apertura de la piscina climatizada pública fue todo un acontecimiento.Seguir leyendo

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