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El Orgullo menos gay y más trans: distancia social y caras largas

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Sin carrozas no hay paraíso. Sin carrozas hay política, y más política, y esos drones que pasan sin que se vean y el helicóptero que va sobrevolando el solano del atardecer madrileño. El día feliz de Irene Montero amaneció como otros Orgullos. Porque Orgullos, que recuerde el cronista arribafirmante, los hubo reivindicativos, canallas, juguetones, ‘jorgejavierdescos’ y violentos, como el último antes de la pandemia. Aquél en que liberados sindicales, heteros muchos, fueron a disparar orines al naranja de Cs y se vio a Melissa Rodríguez con cara de miedo, a Arrimadas manteniendo el tipo y alguna que otra agresión que Marlaska, que hizo presencia de sí, dijo que no existió. Una ensoñación, quizá, como el golpe del ‘prusés’.

Pero decimos que amaneció Madrid con menos tráfico del habitual, que en las hamburgueserías franquiciadas que daban al paseo del Prado se vieron banderas arcoíris con el filete ruso en medio y se entiende que haya quien se sienta mero ‘target’ publicitario de este día. Soplaba viento del Oeste por traer refresco a la ciudad. El que le daba a los pinos de la plaza de Colón eso mismo: alma.

Porque antes, mucho antes, para llegar a esta manifestación, la misma en la que Irene Montero dijo de celebrar los derechos (un contrasentido galapagariano) fue necesaria la aprobación de la ‘Ley Trans’, el morro torcido de Carmen Calvo y contradicciones de género galopadas a matacaballo, como todo en este Gobierno de coalición que se indulta hacia lo desconocido.

De Atocha a Colón
Porque la cita arrancó donde siempre, en esa cañada real que es el Paseo del Prado hacia La Castellana, menos de dos horas de peregrinación por un Madrid sediento y los 25.000 del aforo máximo así, con la lengua fuera, sin carrozas, ni pistolas de agua en un día en que se prohibió el plástico de un solo uso y los cristianos celebraban la festividad de Santo Tomás Apóstol. Y las caras largas después de tanta travesía, de tanto confinamiento, tanto armario y tanto jaleo legislativo.

El mismo con el que los niños se hacían tirabuzones en el paseo del Prado y miraban con curiosidad a Martín Sagrera con sus carteles sobre la libertad del individuo y otras hierbas. Martín Sagrera, tan anarquista, apenas regalaba banderas pero a cambio confesó algo: que era de Cataluña y ponía acento de Cáceres. «La libertad del Ser Humano, tú». Y habrá que calcular la pensión de Martín y el gasto en banderillas, pero ése es otro cantar. Que él no lo verá, ni tampoco los hijos de la ira. Pero existirá.

Cibeles, Neptuno, Colón y fuentes aledañas fueron valladas en previsión de chapuzón, como si un manifestante fuera más peligroso que un ultra de un equipo. Pero lo tardío de la ‘manifa’ hizo innecesarios los abanicos, el mojarse los pies, por mucho que el ‘podemismo’ se retratara cara al sol en sublime foto que se difundió por redes. En esto, que Irene Montero dijo por activa y por pasiva (sic) que había que celebrar los derechos de su ley, y allí que se fue en previsión de abucheos que se esperaban desde que el personal se iba arrejuntando en las sombras, pocas, que hay en la Glorieta de Carlos V.

Cordura policial
Por lo demás, un despliegue de cerca de 460 nacionales y en torno a 360 municipales ponía cordura y vista gorda en una protesta que, vista a la distancia, podría pasar por . La furgoneta avanzaba a entre 5 y 7 kilómetros por hora, se conducía a paso legionario y al listado que al chófer/speaker en transitivo le dieron. Digamos que sonaba lo de los Village People y por el Café Gijón andaban los de siempre gaseados por el verano como el césped de un campo de golf, y se ajustaban la miopía y veían pasar de nuevo la Historia.

Y dos banderas de España, tan nuevas en este negociado como la transgénero, que iban firmando gente de todas procedencias y edades aunque Extremadura se dejó sentir. Y el cronista que la sintió. Las banderas de España eran de policías, que llevaban su identidad con orgullo sin renunciar a ningún juramento.

Las ‘lecheras’ centelleaban al solano, y pasaban los pakistaníes, con disimulo, por detrás de la policía en una imagen vagamente lorquiana que el personal daba por normal en ese esfuerzo madridí que es el ser ‘tabernario’ transideolórico. En eso, en comparación con ‘sanfermines’ similares, iba pasando la tarde del sábado. La de la resaca de los ‘penaltires’ y la huida a la playa y el Madrid de los mismos ‘rodriguez’ que veían la protesta de muchos como un desfile y otra excusa para la horchata.

Ver, se vio a Carla Antonelli, y a varias batukadas que le daban al tambor ritmo legionario y temperatura marcial. A Pepe Áĺvarez, con calcetines del Decathlon, le faltó tiempo para ponerse el primero en la foto de Colón, otra, que siendo foto puso en ‘modo silencio’ a Alaska.

Por el camino vimos, entre otras cosas, que el mundo rural es también LGTBI+. Y que los que llevan la bandera de la República son dos, y siempre los mismos. Y que Alaska debe pedir ‘royalties’ por sus canciones. Y es que, salvo pocas excepciones, nadie orinó fuera del tiesto y esta fue una máxima que el cronista usó como frontispicio. Muy europeo todo. Demasiado. Quizá los ‘tabernarios’ se fueron de julio. O quizá es que la libertad es palabra de Madrid y Ayuso, a la que le dedicaron un sano cartel, no sea más que un ‘leitmotiv’ para los muy ‘cafeteros’, que fueron menos aún que en el Primero de Mayo.

Dicen por los linderos madrileños que es ciudad de la libertad. El cronista vio a Pepe Álvarez de bermudas, con calcetines enhiestos del Decathlon, y miró una estatua fea de Plensa, la de siempre en Colón en no se sabe qué reconquista colombina. Las fuentes las cerraron y se contabilizaron 12.000, según fuentes autorizadas. Quien quiso tocó el tambor, y los niños seguían en el césped.

Las batucadas se hacían su acampada en la Plaza de Colón y seguía soplando del Oeste. Los niños del césped dormían, y nadie (o muy pocos) se acordó del mundo homosexual. Había morado descolorido en las banderas. La bandera arcoíris a 5 euros y la yonkilata de Mahou a 2. Los niños seguían en lo suyo. Cierto es que en estas manifestaciones en las que el chófer va precedido del CNP, las improvisaciones fueron pocas. Al cronista lo sorprendió que en el Samur fueran con manga larga y que en Colón, donde se vio a ‘toda la pesca’, llevaran manga larga en el uniforme.

En la estatua de Jaume Plensa de la plaza de Colón, a sus pies (es un busto) iban y venían. El Madrid de julio que tenía, antes de la pandemia, el Orgullo como un Sanfermín integrador.

Y, aunque no lo dijeran desde la furgoneta, en esta cabalgata triste faltaba algo. Recordemos que las fuentes andan como pucelano en Conil: secas y cortadas en lo feliz. Y que había niños, blancos, que esperaban que Melchor y compañía les dieran un algo. No pasó. Y tampoco se manifestó el que quiso. Porque el que quiso no se manifestó. O fue. y no hubo nada. 12.000 según fuentes oficiales. Y la bandera arcoíris, ‘facha’, a 5 euros. Así las vendía Nazario, pastor reconvertido de las Hurdes.

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