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Izal da la vuelta al ruedo en el Wanda Metropolitano

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El último sol de julio rayaba el césped del feudo atlético. Un acomodador acalorado (Mauro) pedía respeto hacia las medidas sanitarias utilizando una mezcla de ruegos y desplantes. Tres pantallas coronaban el escenario y de allí, de la bocana lateral en el Fondo Sur, salió Izal.

Empezó la música con ‘Meiuqèr’, single que acaban de lanzar como primer adelanto de su nuevo disco. Sobre un piano sencillo, Mikel Izal se presenta con un tema ligero, emocional y muy vocal en el que toca el ukelele mientras los instrumentos entran gradualmente. Siguieron con ‘Autoterapia’, que se ha convertido en todo un eslogan comercial. La canción potencia la energía después de la balada inicial -hay que ser valiente para empezar con una canción lenta un concierto en un estadio – acercándose a un sonido de rock más progresivo.

En ‘Copacabana’ se levantaron los rebeldes y empezaron a saltar al ritmo de un rock más comedido, lo que casi le provoca una crisis nerviosa al pobre Mauro. ¡Cómo han cambiado las cosas en año y medio!

Me llamaron la atención la cantidad de canciones que usaban un ritmo ternario. Llamamos ternario al ritmo que tiene un golpe fuerte cada tres pulsos. No es mejor ni peor; es un color más en la paleta del compositor, aunque sí es cierto que en el mundo moderno (reggaeton/trap/pop), manda el ritmo binario (de dos o cuatro golpes). Interesante.

Siguieron con ‘Los seres que me llenan’, una canción fantástica que va de un tibio rasgueo de guitarra hasta un climax final en el que, aunque no lo parece, la batería es rey. Después, ‘Arte moderno’ y vuelta a la balada. Mikel Izal es buen cantante, se maneja en varios registros y tiene carisma para liderar un concierto en el Wanda Metropolitano. Una posible crítica (o piropo) sería que suena siempre igual.

Luego llegó su gran hit, ‘Pequeña gran revolución’, y se proyectó a la cantante Rozalén en la pantalla. Su colaboración grabada puso el contrapeso a una de las melodías más brillantes del grupo. El público, agradecido, la cantó entera junto a sus ídolos. Antes del final aparecerían también, en las pantallas, Zahara, Mäbu y Miguel Ríos.

Llegamos al ecuador de la noche con ‘Tu continente’, ejemplo de manual de lo que significa el sonido indie: guitarras finas, sutiles efectos vocales en la producción y una sección rítmica constante y con mucho ‘punch’.

El gran problema de tocar en un estadio es llenar el espacio. En un Wanda Metropolitano al 25% de aforo hay demasiado vacío y un quinteto de indie-rock, por buenos que sean, no pueden llenarlo. Es una cuestión de números, no de técnica. En la grada alta la voz no se entiende, el bajo apenas se siente y las guitarras no se escuchan. Estas limitaciones insalvables pudieron apreciarse en todo el concierto, pero especialmente en canciones como ‘Despedida’. Se notó menos en las baladas, lógico, ya que el público se calla cuando la canción tiene menos energía y hay menos barullo. En resumen: el Wanda es para jugar balompié, no para cantar indie.

También brilló ‘Qué bien’, otro de los éxitos del quinteto. Su estribillo engancha desde la primera escucha y la banda, Alejandro Jordá (batería y percusión), Emanuel Pérez ‘Gato’ (bajo), Alberto Pérez (guitarras) e Iván Mella (teclados), acompañan muy bien al homónimo cantante. El concierto, enmarcado dentro del ciclo ‘Las noches de Río Babel’ fue un éxito: dos horas de buena música que concluyeron con ‘Pausa, una balada en trance. Tras la contienda, se respiraba en los aledaños el aroma de las remontadas.

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