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Los cementerios recuperan la vida anterior: «Excepto por las mascarillas, estamos en 2019»

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Gerardo Velázquez tiene un poco de miedo a la muerte, y eso que la saluda cada día en traje oscuro y corbata azul cielo. A las 9 de la mañana comienza su jornada en uno de los dos únicos crematorios de la capital, los hornos municipales que durante el pico de la pandemia funcionaban las 24 horas a 900 ºC. Cuando la cadena de salud pública colapsó, en marzo de 2020, el último eslabón presenció su realidad más cruda. Después de semanas de caos y meses de dolor, los cementerios se resarcen este año con la festividad del Día de Todos los Santos. Velázquez, que llegó a incinerar medio centenar de difuntos cada día, puede decir que «ya estamos en la normalidad».

En el camposanto más grande de Europa occidental, el de La Almudena, las hileras de lápidas, sepulturas, mausoleos, nichos, todos de piedra gris, se apelotonan en un sinfín de callejuelas bajo el cielo, el de este mundo, también gris. Las nubes y la lluvia han empañado la fiesta católica, pero no han borrado la afluencia como lo hizo el virus el año pasado. Los cementerios, y los que manejan los hornos crematorios, las palas de cavar y los documentos de defunción, han recuperado su vida anterior. Velázquez, que cumple 45 años y 16 con el traje de cremador, retira por una puerta trasera el féretro que acaba de despedir una familia en un breve responso y lo conduce a las puertas plateadas de los hornos. Repetirá el proceso una segunda vez, como mucho. Algunos días no reciben a nadie. «Excepto por las mascarillas, estamos en 2019», declara.

Una coraza para trabajar
La veintena de cremaciones diarias en La Almudena se disparó hasta las 45 en las semanas más críticas de 2020. Madrid llegó a quintuplicar su tasa media de mortalidad, con entre 300 y 400 decesos al día. Velázquez nunca había visto los cinco hornos de la ciudad (en La Almudena y el tanatorio Sur) funcionando sin cesar, ni siquiera con los atentados del 11-M en 2004 y el accidente del vuelo 5022 de Spainair en 2008. «Eso fueron tres días y esto han sido tres meses trabajando de forma constante, por turnos, pero las 24 horas», recuerda. Eran quince oficiales de hornos para incinerar decenas y decenas de fallecidos. «Llega un momento que te pones una coraza y lo acabas viviendo como un trabajo», reconoce.

Velázquez conduce un féretro a los hornos crematorios de La Almudena

DE SAN BERNARDO
En el exterior del crematorio, una mujer rompe a llorar y sus allegados, una decena de personas, la arropan. La escena, el pasado viernes por la mañana, habría sido muy distinta en marzo, abril o mayo de 2020. El cementerio de La Almudena jamás cerró, pero a los responsos apenas podían acudir tres personas. Hubo hermanos que tuvieron que echar a suertes la despedida de sus padres y familiares que no pudieron decir adiós porque estaban ingresados o en cuarentena. Muchas ceremonias desaparecieron y Velázquez y sus compañeros decidieron colocar una rosa roja sobre cada féretro que llegaba sin acompañantes, un regalo para los que se marchaban solos. «No te sé decir cuántas fueron, fueron muchísimas», resopla.

«Delante de las familias intentábamos mantener una normalidad, una tranquilidad. Luego por detrás íbamos como locos»

La crisis sanitaria afianzó la tendencia a incinerar después de la muerte: en Madrid, el 60 por ciento de los servicios funerarios son cremaciones, frente al 40 por ciento de los enterramientos. En la primera mitad de 2020, los féretros se acumulaban en morgues improvisadas —la pista de patinaje del Palacio de Hielo— y las empresas privadas los enviaban a crematorios de otras provincias. Los hornos madrileños no daban abasto y las entregas de cenizas, que suelen ser de un día para otro, se retrasaron incluso meses. Las urnas color esmeralda aguardaban en La Almudena mientras los seres queridos esperaban el fin de las restricciones, de la cuarentena o de la pandemia para organizar una ceremonia en condiciones. Miguel Valero, de 50 años, todavía sigue enterrando muchas de esas vasijas.

El «peor cuartel» de La Almudena para los enterradores es una loma que se alza sobre la necrópolis donde las tumbas familiares tienen vistas del pirulí y los cuatro rascacielos de Madrid. Valero y sus compañeros cargan a hombros los féretros sobre las escalinatas de piedra. «Solemos subir una o dos veces al mes, con la pandemia subíamos casi a diario», cuenta. A Valero todavía le llaman ‘el niño’ porque aterrizó en el cementerio con 18 años. Su herramienta de trabajo sigue siendo la pala. En hora y media, dos enterradores pueden horadar 2 metros y medio de profundidad.

«Éramos el dique de contención, la gente llegaba con toda la frustración y te gritaban a ti porque no les dejabas entrar en el cementerio»

En la vorágine pandémica, Valero cavaba hasta 45 veces al día, volvía a casa al anochecer, se acostaba y regresaba a las tumbas antes de que amaneciese. La quincena de enterradores de La Almudena corría de un lado para otro, pero el frenesí lo sepultaban en las ceremonias. «Delante de las familias intentábamos mantener una normalidad. Luego por detrás íbamos como locos», asegura. Los pocos presentes lloraban por el ser querido y por las circunstancias, que les obligaban a retransmitir el entierro vía Zoom o Skype. Valero les decía a las familias que no le importaba que le grabaran: «Lo pasamos fatal porque la gente lloraba en soledad».

El dolor en 10 minutos
Desde el 20 de marzo hasta el 24 de abril de 2020, el cementerio de San Isidro, el más antiguo de Madrid (1811), prohibió la entrada de las familias. El coche fúnebre se detenía en la puerta principal y ahí, sin descargar el féretro, presenciaba el responso, y después enfilaba el camino flanqueado por delgados cipreses mientras los familiares lloraban la fugaz despedida. «Eso fue lo peor que pudimos pasar», recuerda la gerente de la Sacramental de San Isidro, Almudena Moreno. El camposanto, con capacidad para 55.000 difuntos, pasó de asumir dos o tres servicios diarios a una docena.

Ana María Guzmán y Almudena Moreno posan en una galería de nichos del cementerio de San Isidro

ISABEL PERMUY
«¿Cómo estáis?», eran las primeras palabras del capellán, Pedro José Lamata (39 años), que solo podía ofrecer 10 minutos de duelo a las puertas de San Isidro. El virus «destrozó» su labor de acompañamiento, así que apuntaba los nombres y las ubicaciones para acercarse al final de la jornada a las tumbas y enviar fotografías a los familiares. Ya reza como antes, pero cree que algo ha cambiado. Ahora presencia entierros más concurridos y menos fríos. Con su voz cantarina, exclama: «Díos mío, hay más humanidad en los sepelios de 2021 que en los de 2019».

Ana María Guzmán (42 años) es organizadora de entierros desde 2013 o, como ella dice, «enterradora sin pala, con ordenador». Alguna vez, en abril de 2020, tras atender una llamada y otra y otra, se derrumbaba y abrazaba a su pareja entre lágrimas. «Éramos el dique de contención, la gente llegaba con toda la frustración de no haber podido velarlos, de no haber podido ir al hospital, y a quien te gritaban era a ti, porque tampoco les dejabas entrar al cementerio», rememora, bajo la luz mortecina que envuelve el recinto de San Isidro. A Guzmán le gusta la vuelta a la normalidad y Madrid nublado, esa claridad sombría que domina el fin de semana y ha intentado, sin éxito, boicotear el Día de Todos los Santos.

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