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Mafalda y los indultos

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Los desayunos. Los desayunos informativos. Una forma de quitarse el hambre temprana ésa que aparece en Madrid con buen café, mejor zumo y la bollería para otro momento. Ay los desayunos, tribunita por donde pasa ese ‘todo Madrid’ y hay preguntas de los comensales que son cómodas hasta que llega alguien y mete el dedo en el ojo, que es la clave de este oficio. Esos desayunos a los que íbamos vestidos como para recibir el Cavia, llegábamos sobre la hora y nos sentaban en la mesa con amables embajadores que andaban, como uno, muy preocupados en la política energética. Se trataba de zascandilear por superficies mullidas, hacer algo para la crónica matritense y pasar la mañana. En los desayunos el público ha madrugado, y aun así, bosteza cuando sueltan el mitin. Allí van por igual tocados por la oratoria que los ungidos por el sanchismo, como la delegada del Gobierno aquí, que tiene algo de Mafalda en la cosmovisión de las cosas y que nos vino a decir el otro día que sí, que está bien lo de los insultos. Por mor, básicamente, de la felicidad.

Es lo que se espera de una delegada del Gobierno en Madrid, que en lugar de preocuparse por su negociado, venga con la matraca de los tipos que hemos mantenido de buen ver en Lledoners, los delincuentes que no sabían si reír, meter tripa o poner carita del Lute cuando salían del ‘maco’ como vencedores de no sé qué guerra. Pero Mercedes González, como de Ruiz de la Prada para niños y en dos colores, tiró en lo de Europa Press de los indultos para justificar el no se sabe qué, con poca cintura y menos base. Dígase aquí que Ábalos hizo lo mismo, pero con esa prestancia suya de galán de Ozores que nos tiene ‘robaíto’ el corazón, y aparece oliendo a Brummel entre jornaleros de Extremadura a los que, también, vender los indultos y pasarles la mano por el lomo y pedirles la factura (la de los indultos).

Mercedes González, como María Gámez en los cuarteles, como el militante más inofensivo que aún se cree la mojarra mental de Sánchez, puede decir lo que les plazca, claro está. Pero esta delegada que sustituyó a Franco lleva -a pesar de todo- un tonillo ‘naif’ que, en saliendo de una guerra y pasándose por el arco el carnet lo de Barajas, suena mal. Y rechina. Y podríamos decir que hasta tiene intención política. Porque resumir la genuflexión de los indultos en una suerte de felicidad universal -como hizo en el desayuno de Europa Press- debe ponernos en guardia de que ese mismo sanchismo es látigo (a veces Ábalos, a veces Lastra) y rosa (Mercedes González, fiel a su rosa languidez).

En el Madrid real, en el de los los Carabancheles y los palillos en el vaso de vino de Valdepeñas, la gente no pone nombre a la delegada y se cisca en Junqueras y en los otros, a los que no se molesta en poner nombre. Pero Sánchez es uno y es trino. Y va vendiendo los indultos como debería vender tallas especiales en Galerías Preciados. Con delegados de planta.

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