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Tres días con Mamá Ladilla, los reyes del rock con sentido del humor

3 minutos de lectura para este artículo

Mamá Ladilla ha sido siempre un grupo de culto que va por libre. Fundado por Juan Abarca en septiembre de 1994 con el sentido del humor como punto de partida, el trío ha protagonizado algunos de los momentos más hilarantes y geniales del rock nacional. Desde los 90 no ha habido pausa para ellos, como avalan once discos de estudio, un doble en directo, cuatro EP y un listado de conciertos en el que apenas consta más que algún breve descanso. Mamá Ladilla ha pasado por tres formaciones estables, la última de ellas con Sergio González al bajo y Abel del Fresno a la batería, que ya suma siete años de actividad continuada con dos giras internacionales, tres discos de estudio y uno doble en directo.

Ahora que cumple 25 años, la banda puede presumir de una amistad sólida y un fuerte compromiso con su actividad que los ha llevado a dar lo mejor de sí durante un oscuro e inactivo 2020. Han decidido volver «con toques de queda, con los tanques en la calle o con Godzilla pisoteándote el coche aparcado», para entregar un nuevo álbum llamado ‘Exhuma y sigue’ que, tal como ellos mismos explican, no es un ‘disco de confinamiento’ ni ha sido arreglado a través de ventanas del ordenador, sino que sus doce canciones «han pasado por mil lupas en el local de ensayo como siempre». Lo estarán presentando con un formidable triplete en la sala Moby Dick los días 28, 29 y 30 de junio (entradas en Entradium).

El bicho les paró la grabación.

Nos paró el proceso entero. Tuvimos que parar de ensayar. Hacer el disco ha llevado tres años, desde que acabamos el anterior. Yo voy haciendo canciones, las llevo al local, y allí las completamos. Nosotros a veces tenemos que parar un mes por trabajo o por lo que sea, y cuando tenemos que retomar las canciones, no nos acordamos de ellas. La mayoría de estas canciones han vivido varios de esos parones, y luego el de la pandemia.

Todo esto de la pandemia ha sido raro, raro.

Esto es rarísimo, es una peli de ciencia ficción que está afectando a la salud mental de todo el mundo.

El mundo en general se ha vuelto tan surrealista que da para hacer muchas más canciones que en los noventa, ¿no? La nueva canción ‘Encefalogramaplanismo’ es un buen ejemplo.

Sí. Había que meterle mano al tema del terraplanismo. Me habló de ello por primera vez un amigo mexicano, que me enseñó grupos de Facebook donde vi que había cientos de miles de personas convencidas del asunto. Dije: ‘Esto no puede ser verdad, hombre…’

La propia pandemia, si no se habla de las víctimas, que sería una línea roja para cualquier humor, también puede dar para muchas canciones.

Es una fuente inagotable. Cualquier cosa que escribas ahora está influida por ella. La gente está cabreada y loca. Otros años, cuando llega el buen tiempo ves a la gente que coge como un estado anímico febril, te pitan más con el coche y todo eso… Pero ahora ese estado es continuo.

En los noventa vivieron un cierto ‘boom’.

Sí, fue un ‘boom’ a nuestra escala, pequeño pero matón. Yo recuerdo decirle a un manager nuestro que si alquilaba una sala de mil personas la llenábamos seguro. Y ocurrió. El tío empapeló Madrid de carteles, corrió la voz y la cosa funcionó.

Después, su sonido experimentó un salto de calidad tremendo.

Desde la época del ‘Requesound’, sí. Empezamos a sonar más heavies, más oscuros, menos punkis y más progresivos. Pero ese disco no fue el que más gustó a los fans. Ahora sonamos más naturales, menos complicados. Es un regreso al punk.<iframe width=»500″ height=»315″ src=»https://www.youtube.com/embed/BUP4NWXf5Zk» title=»YouTube video player» frameborder=»0″ allow=»accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture» allowfullscreen></iframe>

El sentido del humor es marca de la casa, pero tocan con un nivel técnico muy alto. ¿Alguna vez se ha preguntado qué hubiera pasado si se hubieran dedicado al rock ‘serio’, por llamarlo de alguna manera?

No lo sé. Desde siempre tuve el deseo de hacer un grupo en el que yo escribiera las canciones y las cantara, con poca gente y pocos instrumentos, para que se me oiga (risas). Pero hay una cosa subconsciente mía, de querer gustar pero no demasiado. Es como comer una tostada de nocilla, pero echándole ajo. Hacía las canciones dándole toques escatológicos que hacían imposible que las pusieran en la radio. La primera vez que tocamos en los conciertos de Radio 3, la persona de la emisora encargada de la grabación dijo: ‘¿Mamá Ladilla? Ese nombre no puede ser’. Nuestro propio nombre es desagradable. Y es algo asumido. Si te pones un nombre tan asqueroso, luego no puedes lloriquear diciendo que no te ponen en la radio (risas). Siempre he tenido ese conflicto interno: quiero que me escuchen, pero por otro lado quiero que me dejen en paz.

¿Se divierte escribiendo las letras de Mamá Ladilla?

El proceso es dificilísimo, una especie de penuria. Hasta que termino no me quedo a gusto, y cuando termino, siento una liberación de energía brutal. Nunca quedo conforme, pero cuando me sale algo realmente cachondo, puedo tirarme tres días riéndome de lo que he escrito.

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